sábado, 14 de agosto de 2010

--USO DE LA PALABRA--




La palabra, del latín parábola, se refiere al segmento del discurso unificado habitualmente por el acento, el significado y pausas potenciales inicial y final. Sin embargo, el uso de la palabra y el abuso tienden a estar uno al lado del otro, especialmente en aquellos lugares en los cuales se requiere de ella para entregar contenidos y, simplemente, para explicar el pensamiento. Exteriorizar por medio de la palabra las ideas y así lograr comunicarse en forma oral.
Nada es más impresionante cuando un suelto de lengua usa la palabra porque, con una facilidad asombrosa, ésta se une a otra palabra y a otra, y a otra, hasta formar un rosario, perdón, el rosario posee una estructura dinámica que entrega un significado, en cambio esta sarta de palabras no posee aquello que le puede dar significación. Simplemente es un montón de palabras que no tienen relación, aunque el palabrero pretenda disfrazarlo de algo estructurado.
Si este palabrero, usa el lenguaje español, para su abusiva descarga oral, podrá hacer uso de las más de cien mil palabras que lo constituyen, a las cuales puede sumar todas las formas verbales existentes con sus distintos tiempos, ya sea, pasado, presente o futuro.
Los espacios de la estructura social, en los cuales se manifiesta, con gran soltura de cuerpo, este palabrero son aquellos que poseen un auditorio cautivo. Pensemos solamente en el Parlamento, al cual llega una proporción, no despreciable, de personas que no manejan el hermoso y florido lenguaje español. Lenguaje, que en boca de un poeta, se muestra como expresión pura. No ocurre lo mismo con algún porcentaje de sujetos que habitan en el hemiciclo, que su boca se convierte, muchas veces, en una fuente inagotable de palabras torcidas, por la intención.
Los foros de pseudo expertos, sean estos radiales o televisivos, son una especie de escenario preferido para dejar salir la palabrería al aire o a la pantalla. Agotadoras jornadas para la vista o el oído que sólo pueden ser suprimidas por el bendito botón de cierre o apagado. Felizmente, poseemos el dedo salvador como instrumento del agotadocerebro-escucha.
Desgraciadamentes el discurso bien armado ha ido desapareciendo de nuestro entorno para dejar, en escena, al palabrero y su palabrería.
El mundo está cambiando y solo nos ofrece ese cambio de escaso contenido y de una verborrea difícil de entender. Para ello, aislarse en una buena lectura o en plácido sueño, en el momento preciso, es la solución.

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